El hombre que pudo reinar.







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1º y 2º guerras bóers

En el Reino Unido se conocen como Guerras de los bóers dos conflictos armados que enfrentaron al Imperio Británico con los colonos de origen neerlandés (llamados bóer, afrikaners o voortrekkers) en Sudáfrica, y dieron como resultado la extinción de las dos repúblicas independientes que los últimos habían fundado. La primera de ellas se desarrolló entre el 16 de diciembre de 1880 y el 23 de marzo de 1881, y la segunda entre el 11 de octubre de 1899 y el 31 de mayo de 1902. Los bóer se refieren a las dos guerras como las «Guerras de liberación».

Primera Guerra Anglo-Bóer

También conocida como Guerra de Transvaal, la Primera Guerra Anglo-Bóer fue el primer enfrentamiento entre el Reino Unido y los bóers de Transvaal. Se desencadenó cuando Sir Theophilus Shepstone anexó Transvaal (la Unión Sudafricana) al Reino Unido en 1877. Los británicos consolidaron su poder sobre la mayoría de las colonias de Sudáfrica en 1879, tras la Guerra Zulú. Los bóer protestaron ante el hecho consumado y, en diciembre de 1880, estalló una revuelta.

La guerra comenzó el 16 de diciembre de 1880, tras la declaración de independencia del Reino Unido, con el ataque de los bóer a un fuerte británico en Potchefstroom. Esto desencadenó una operación en Bronkhorstspruit el 20 de diciembre de 1880 en la que los bóer se emboscaron y destruyeron una caravana militar británica. Desde el 22 de diciembre de 1880 al 6 de enero de 1881, las guarniciones británicas de todo Transvaal sufrieron asedio.

Los bóers vestían sus ropajes de granjero cotidianos, fabricados en paño de color caqui, mientras que los uniformes británicos seguían siendo rojo escarlata, algo que llamaba notablemente la atención en el paisaje africano y permitió a los bóer, expertos francotiradores, hostigar fácilmente a las tropas británicas a distancia.

El cerco de las guarniciones británicas desembocó en la Batalla de Laing's Neck el 28 de enero de 1881, en la que un destacamento británico compuesto por las fuerzas de Natal bajo el mando del General Sir George Pomeroy-Collery intentó romper las líneas de los bóer sobre la cordillera de Drakensberg para liberar sus guarniciones. Por su parte los bóer, a las órdenes de P.J. Joubert, rechazaron los ataques de la caballería e infantería británicas.

Otras acciones fueron la Batalla de Schuinshoogte (también conocida como Ingogo) el 8 de febrero de 1881, donde otro destacamento británico estuvo a punto de ser destruido. No obstante, la humillación definitiva de los británicos llegó con la Batalla de Majuba Hill el 27 de febrero de 1881, en la que varias compañías de bóer atacaron la colina y los expulsaron, y en la que Collery resultó muerto.

Incapaz de involucrarse más en una guerra que daba por perdida, el gobierno británico de William Gladstone firmó una tregua el 6 de marzo y, en el tratado de paz definitivo del 23 de marzo de 1881, concedió a los bóer el autogobierno de Transvaal bajo la supervisión teórica de los británicos.

Segunda Guerra Anglo-Bóer

En 1887, los buscadores de oro hallaron el mayor filón del mundo en Witwatersrand, una cordillera de unos 96 km que se extiende de este a oeste a unos 48 km al sur de Pretoria. Tratando sobre los posibles beneficios de tal hallazgo, el presidente de Transvaal, Paul Kruger, mostró su clarividencia al manifestar que «En lugar de regocijaros haríais mejor en llorar, pues este oro será causa de un baño de sangre en nuestro país».

Con el descubrimiento del oro de Transvaal, miles de colonos británicos cruzaron en oleadas la frontera desde la Colonia del Cabo. El tamaño de la ciudad de Johannesburgo explotó y se transformó en núcleo de infraviviendas de un día para otro a medida que los extranjeros (uitlanders en neerlandés) llegaban y se establecían en las inmediaciones de las minas. Los extranjeros superaron rápidamente en número a los bóer de Witwatersrand, aunque en general siguieron siendo una minoría en Transvaal. Los afrikaners (colonos neerlandeses), nerviosos y resentidos por la presencia de los extranjeros, se negaron a reconocerles derechos electorales e impusieron pesadas cargas fiscales sobre la industria del oro. Como respuesta, creció la presión de los extranjeros y de los propietarios británicos de las minas para que cayera el gobierno de los bóer. En 1895, Cecil Rhodes promovió un fallido golpe de estado respaldado por una incursión armada conocida como Jameson Raid.

El fracaso en la lucha por los derechos de los británicos se utilizó para justificar una intervención militar en toda regla en el Cabo, y diversos líderes coloniales británicos se mostraron favorables a la anexión de las repúblicas de los bóer. Entre ellos se contaba el gobernador de la Colonia del Cabo, Sir Alfred Milner, el secretario colonial británico Joseph Chamberlain y los propietarios de minas asociados como Alfred Beit, Barney Barnato y Lionel Phillips. Convencidos de que los bóer serían derrotados rápidamente, intentaron provocar una guerra.

El presidente del Estado Libre de Orange, Marthinus Steyn, convocó a Milner y Kruger a una conferencia en Bloemfontein que se celebró el 30 de mayo de 1899 (la Conferencia de Bloemfontein), pero las negociaciones se interrumpieron muy pronto. En septiembre de 1899, Chamberlain presentó un ultimátum por el que exigía igualdad legal para los ciudadanos británicos residentes en Transvaal.

Kruger, seguro de que la guerra era ya inevitable, presentó su ultimátum antes de recibir el de Chamberlain. En él se comunicaba a los británicos que disponían de 48 horas para retirar todas sus tropas de la frontera de Transvaal, de lo contrario la república se aliaría con el Estado Libre de Orange y les declararía la guerra.


Primera fase: ofensiva de los bóer (de octubre a diciembre de 1899)
Artículo principal: Sitio de Mafeking
Artículo principal: Sitio de Ladysmith

La guerra fue declarada el 12 de octubre de 1899 y los bóer tomaron la iniciativa invadiendo la Colonia del Cabo y la Colonia de Natal entre octubre de 1899 y enero del siguiente año. A continuación se produjeron varios éxitos militares de los afrikaner contra el tremendamente incompetente general Redvers Buller. Los bóer fueron capaces de sitiar las ciudades de Ladysmith, Kimberley y Mafeking (defendida por tropas al mando de Robert Baden-Powell).

El asedio se cobró un alto precio entre los soldados defensores y los civiles de estas ciudades tan pronto como los alimentos empezaron a escasear tras varias semanas. En Mafeking, Sol Plaatje escribió: «Era la primera vez que se consideraba la carne de caballo como un alimento humano». Las ciudades cercadas tuvieron también que soportar el bombardeo constante de la artillería, que convirtió las propias calles en el lugar más peligroso. Hacia el final del cerco de Kimberley, se esperaba que los bóer intensificarían los bombardeos, por lo que se publicó un bando recomendando a los ciudadanos que se protegiesen en las minas. El pánico cundió entre los habitantes y éstos se abalanzaron sobre las minas durante doce horas. Si bien el bombardeo esperado nunca llegó, el nerviosismo de la ciudadanía no disminuyó lo más mínimo.

A mediados de diciembre el ejército británico empezó a tener problemas. En un periodo conocido como la Semana negra (del 10 al 15 de diciembre de 1899), los británicos sufrieron una serie de pérdidas devastadoras en Magersfontein, Stormberg y Colenso. En la Batalla de Stormberg, el 10 de diciembre, el general británico Sir William Gatacre, al mando de 3.000 soldados encargados de combatir las incursiones de los bóer en la Colonia del Cabo, intentó retomar un nudo ferroviario a unos 80 km al sur del río Orange. Gatacre optó por atacar las posiciones de los bóer del Estado Libre de Orange, para lo que tuvo que escalar una escarpada montaña rocosa en la que perdió 135 hombres entre muertos y heridos, así como dos cañones, y más de 600 soldados fueron hechos prisioneros. En la Batalla de Magersfontein, el 11 de diciembre, 14.000 soldados británicos a las órdenes de Lord Methuen intentaron liberar Kimberley. Los comandantes de los bóer, Koos de la Rey y Piet Cronje, trazaron un plan para excavar trincheras en un lugar poco previsible con el fin de engañar a los británicos y ofrecer a sus fusileros un mejor ángulo de tiro. El plan funcionó a la perfección y los británicos fueron derrotados, sufriendo en la batalla la pérdida de 120 soldados muertos y 690 heridos, lo que les impidió además acudir en ayuda de Kimberley y Mafeking. Pero el peor momento de la Semana negra fue la Batalla de Colenso, que tuvo lugar el 15 de diciembre, en la que 21.000 soldados británicos bajo el mando de Redvers Buller intentaron cruzar el río Tugela para asistir a la ciudad de Ladysmith, y donde 8.000 bóer de Transvaal comandados por Louis Botha les estaban esperando. Combinando artillería y sus experimentados fusileros, los bóer rechazaron todos los intentos británicos de cruzar el río. Las tropas británicas tuvieron 1.127 bajas y durante la retirada tuvieron que abandonar 10 piezas de artillería que los bóer capturaron con menos de 40 bajas.

Segunda fase: ofensiva británica (de enero a septiembre de 1900)
La liberación de Ladysmith. Sir George White saluda al mayor Hubert Gough el 28 de febrero. Pintura de John Henry Frederick Bacon (1868-1914)

Los británicos sufrieron otras derrotas en sus intentos de liberar Ladysmith, como la Batalla de Spionkop, que se desarrolló entre el 19 y el 24 de enero de 1900, en la que Redvers Buller volvió a intentar cruzar el Tugela al oeste de Colenso y volvió a ser derrotado por Louis Botha tras una dura batalla por una colina que concluyó con mil bajas británicas y cerca de trescientos bóer muertos. Buller volvió a atacar a Botha el 5 de febrero en Val Krantz, con el mismo resultado de las anteriores batallas.

Hasta la llegada de refuerzos el 14 de febrero de 1900, las tropas británicas a las órdenes de Lord Roberts no fueron capaces de contraofensivas para liberar las guarniciones. Kimberly fue liberada el 15 de febrero por una división de caballería bajo el mando del general John French. En la Batalla de Paardeberg, que tuvo lugar entre el 18 y el 27 de febrero de 1900, Lord Roberts consiguió finalmente derrotar a los bóer y forzó la rendición del general Piet Cronje, que fue capturado junto a sus 4.000 hombres, un hecho que debilitó aún más las líneas de los bóer y resultó en la Liberación de Ladysmith al día siguiente. La Liberación de Mafeking el 18 de mayo de 1900 provocó celebraciones en Inglaterra que culminaron en algaradas. A continuación los británicos avanzaron hacia el interior de las dos repúblicas, capturando en su camino la capital del Estado Libre de Orange, Bloemfontein, el 13 de marzo y la capital de Transvaal, Pretoria, el 5 de junio.

Numerosos observadores británicos metieron la cabeza bajo tierra y dieron la guerra prácticamente por concluida tras la captura de las dos capitales. Por el contrario, los bóer se reagruparon en una nueva capital, Kroonstad, y planificaron una campaña de guerrillas con la que castigar las líneas de abastecimientos y comunicaciones de los británicos. El primer enfrentamiento con este nuevo tipo de estrategia militar se produjo el 31 de marzo en Sanna's Post, en el que 1.500 bóer a las órdenes de Christian De Wet atacaron la presa de Bloemfontein a unos 37 km al este de la ciudad y tendieron una emboscada a una caravana escoltada con un gran destacamento; en la batalla hubo 155 bajas británicas y se capturaron siete cañones, 117 carros y 428 soldados. Una de las últimas batallas formales fue la de Diamond Hill el 11 y 12 de junio, en la que Lord Roberts intentó conducir a los restos del ejército bóer a una distancia desde la que no pudiesen atacar Pretoria. Si bien Roberts expulsó a los bóer de la colina, el comandante de los bóer, Louis Botha, no consideró el resultado una derrota, puesto que infligió 162 bajas en las filas británicas por sólo 50 de su ejército. Esta batalla concluyó las operaciones militares formales y dejó paso a una nueva fase de la guerra.

Tercera fase: guerra de guerrillas (de septiembre de 1900 a mayo de 1902)

Aunque habían sido vencidos en el campo de batalla, los bóer se negaron a aceptar la derrota. La mayoría de ellos se refugió en pequeños grupos en las montañas, desde donde promovieron una interminable guerra de guerrillas que se fue recrudeciendo con el tiempo. Los guerrilleros bóer empezaron a atacar los ferrocarriles y tendidos telegráficos del ejército británico en todo Transvaal, el Estado Libre de Orange e incluso dentro de la Colonia del Cabo. Su nueva táctica cambió la estrategia general de la guerra y demostró que las tradicionales formaciones militares británicas de gran tamaño no eran efectivas en estas situaciones.

El nuevo comandante del ejército británico, Lord Kitchener, respondió construyendo bloques, pequeños edificios de piedra rodeados de alambre de espino con los que restringían los movimientos de los guerrilleros a un pequeño espacio en el que era posible derrotarlos. El alambre, del que pendían campanas, latas, bengalas e incluso rifles cargados, solía extenderse entre los bloques, a unos 900 m de distancia, y hacían las veces de alarmas. Entre enero de 1901 y el final de la guerra se construyeron cerca de 8.000 bloques en una malla de unos 6.000 km. Cada bloque estaba al cargo de un suboficial y unos seis soldados, más un teniente al mando de tres o cuatro bloques. En un momento de la guerra, los británicos habían desplegado en el país a unos 450.000 soldados entre británicos y reclutas de las colonias. Los boers nunca tuvieron más de 80.000 hombres.

Los bloques resultaron efectivos a la hora de obstaculizar los movimientos de los guerrilleros, pero no podían ser la clave de su derrota. Kitchener formó nuevos regimientos de caballería ligera constituida por irregulares, incluidos los Carabineros de Bushveldt, que patrullaban por los territorios controlados por los bóer y se dedicaban a dar caza y destruir grupos de guerrilleros bóer.

En marzo de 1901, el general adoptó la política de tierra quemada y empezó a privar a las áreas rurales de cualquier artículo que pudiese ser de utilidad para los guerrilleros bóer, a saber: hizo confiscar ganado, envenenar pozos, quemar cosechas y granjas, y desplazar a las familias que las habitaban a campos de concentración.

Esta política condujo a la destrucción de 30.000 granjas y 40 pequeñas ciudades. En total, 116.572 hombres, mujeres y niños bóer fueron desplazados a campos de concentración, aproximadamente un cuarto de la población, más unos 120.000 africanos negros.

Estas nuevas tácticas pronto desmoralizaron y entorpecieron los suministros de los resistentes bóer. En diciembre de 1901, muchos de los internados en los campos habían sido puestos en libertad, y muchos de los hombres se alistaron en dos nuevos regimientos que luchaban del lado británico: los Transvaal National Scouts y los Orange River Volunteers, que contribuyeron a poner fin a la guerra, el 31 de mayo de 1902.

Los campos de concentración
Campo de concentración

Estos habían sido concebidos originalmente para los refugiados cuyas granjas habían sido destruidas durante las batallas, y el término . No obstante, a consecuencia de la nueva política de Kitchener, hubieron de construirse muchos más y fueron transformados en prisiones.

Se construyeron un total de 45 campos de tiendas para los internados bóer y 64 para los africanos negros. Los campos de los bóer albergaban fundamentalmente a ancianos, mujeres y niños, ya que de los aproximadamente 28.000 bóer prisioneros de guerra, 25.630 fueron enviados a campos en el extranjero. Incluso cuando fueron expulsados por la fuerza de las áreas controladas por los bóer, los africanos negros no eran considerados enemigos de los británicos, por lo que fueron simplemente considerados mano de obra.

Las condiciones en los campos eran insalubres, y las raciones de comida escasas; en el caso de las mujeres e hijos de los combatientes, las raciones eran aún más pequeñas. La dieta insuficiente y las condiciones higiénicas inadecuadas provocaron la aparición de enfermedades contagiosas endémicas como sarampión, tifus y disentería. Todo ello, unido a la escasez de instalaciones médicas, provocó un gran número de muertes, como indica un informe posterior a la guerra en el que se concluía que 27.927 bóer (de los cuales 22.074 eran niños menores de 16 años) y 14.155 africanos negros murieron de hambre, enfermedades y penalidades. En total, aproximadamente un 25 % de los bóer y un 12 % de los africanos presos murieron (aunque investigaciones recientes indican que el número de fallecimientos de africanos negros se subestimó en su día, y que en realidad podría haber estado cerca de los 20.000).

La delegada de la Fundación para Mujeres y Niños Surafricanos Damnificados, Emily Hobhouse, contribuyó notablemente a hacer públicos los problemas de los internos a su vuelta al Reino Unido tras visitar algunos campos del Estado Libre de Orange. Su informe de quince páginas provocó indignación generalizada y la creación de una comisión gubernamental, la Comisión Fawcett, que se encargó de visitar los campos entre agosto y diciembre de 1901 y corroboró los datos de su informe. Ambas fuentes se mostraron muy críticas con la gestión de los campos e hicieron numerosas recomendaciones, por ejemplo de mejora de la alimentación y el aumento de las instalaciones sanitarias. Hacia febrero de 1902, la tasa de mortalidad anual descendió del 6,9 % al 2 %.

El final de la guerra

En total, la guerra costó unas 75.000 vidas: 22.000 soldados británicos (de los cuales 7.792 causaron baja en batalla y el resto por enfermedad), entre 6.000 y 7.000 soldados de los bóer, de 20.000 a 28.000 civiles de los bóer y quizá 20.000 africanos negros. A causa del alargamiento de la guerra y de su mala salud dimitió el primer ministro Robert Gascoyne-Cecil. Los últimos bóer se rindieron en mayo de 1902 y la guerra finalizó con el Tratado de Vereeniging en el mismo mes. No obstante, los bóer recibieron una compensación de 3.000.000 de libras, se les prometió cierto nivel de autogobierno y en 1910 se fundó la Unión Sudafricana. El tratado acabó con la existencia de las repúblicas de Transvaal y el Estado Libre de Orange como estados bóer e integró estos territorios en el Imperio Británico. Durante el conflicto se concedieron 78 Cruces Victoria al valor ante el enemigo a soldados británicos y coloniales, el más alto y prestigioso galardón de las fuerzas armadas británicas.
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Foxtrot

El Fox-Trot ("paso del zorro" o "trote del zorro") nace sobre 1.910-1.912, con las primeras orquestas de Jazz. Se cree que en las danzas del ragtime puede tener sus orígenes o al menos tener una gran influencia de ellas. Su nombre debe el origen a las danzas que las tribus negras tenían y que imitaban a los movimientos de los animales.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con la llegada de las tropas americanas, se empieza a popularizar este baile.

Aunque hay autores que indican que existen varias clases de Fox-trot lo único que diferencia a unos y otros es su velocidad de ejecución. Al baile más rápido es al que se le conoce como Fox-trot (Quickstep) y al más lento es al que se denomina simplemente Fox (Slow-Fox).

El Fox-trot es un ritmo de 4x4 , en un compás de cuatro tiempos. El lento tiene unos 30-32 compases por minuto, mientras que al rápido tiene 50-52 compases por minuto.

Junto con el vals es uno de los bailes de salón más clásicos y que más admiración despierta. No es un baile tan sencillo como el vals.

El baile del Fox-trot, a diferencia del vals, no ejecuta esas subidas y bajadas que se hacen en el vals. Se baila en plano, es decir, manteniendo una altura uniforme la pareja.

Nuestra primera práctica será muy familiar para usted si ha visto con anterioridad nuestro curso sobre el vals.

Sin tener en cuenta el apoyo del pie, como en el vals, los primeros ejercicios son muy similares al conocido vals.

Partiendo de la posición inicial con los pies juntos, y en paralelo, adelantamos un paso el pie derecho.


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Manuel Gonzáles Méndez






El que llegaría a ser considerado como el pintor más representativo y destacado de Canarias en el siglo XIX nació en la capital de La Palma el 3 de febrero de 1843. Fue hijo de María Méndez Espinosa y del artesano Santiago González. Su padre era un ebanista muy conocido en la ciudad por su seriedad y por su habilidad en el oficio. Con su modesta y numerosa familia vivía en la Calle de la Virgen de La Luz (hoy con el número 14), en el histórico Barrio de San Telmo. Manuel José de Santa Apolonia González Méndez tuvo ocho hermanos: Bernabé, Juan, Fulgencia, Santiago, José, Isidro, Sofía y Vicente.



Manuel es un niño despierto y agudo. Racional e inspirado, tan pronto sorprende por su facilidad para el dibujo y cualquier tarea manual, como para entonar con afinado estilo una canción de la época o el aria de una ópera famosa, oída desde la calle a su paso ante una casa ilustre o en las sociedades de los más pudientes.




Siendo aún pequeño, estudia en la Escuela Lancasteriana y en la Escuela de Dibujo fundada en 1840 por Blas de Ossabarry. Su padre muere cuando Manuel tiene trece años y debe ayudar a su madre y a sus hermanos en diversos trabajos como carpintero, encuadernador, etc. Aunque su salud era débil desde que se le diagnosticara una bronquitis crónica, su capacidad para aprender no conocía límites. Ortega Abraham escribió que, en su ciudad natal, brilló con luz propia en los ambientes literarios y fue reconocido pronto y bien por todos sus coetáneos.


En su juventud también cultivó otras manifestaciones artísticas, como la música y la escultura. Gracias a su buen oído y buena voz pudo lograr plaza en el prestigioso y selecto coro de la parroquia de El Salvador. El incansable artista liberal se esforzó y consiguió hacer todos y cada uno de los encargos que se le iban acumulando. Así, realizó para los dramaturgos locales una serie de escenografías que alcanzaron buena crítica, o numerosos retratos de amigos y familiares que perpetuarían rostros y momentos. Sin embargo, se comenzaba a sentir algo agobiado porque La Palma no colmaba todas sus expectativas. Para alimentar su infinita ambición y ansia de conocimiento, necesitaba salir a conocer el mundo que existía fuera de su amada isla. Por este motivo, no quiso desperdiciar la oportunidad de ir a visitar a su hermano Juan, que ya residía en La Orotava. En Tenerife conocería a varios músicos, políticos e intelectuales. Una de las grandes amistades conseguidas en aquella etapa y que duraría para siempre fue la del pintor Felipe Machado. Méndez estudia en La Laguna durante el curso 1859-1860 y se inscribe en el coro de la Catedral. Son frecuentes sus viajes a La Palma, sobre todo para encontrarse con su familia y amigos y a descansar de su enfermedad crónica mientras se distraía pintando retratos familiares y leyendo.


En palabras del recientemente fallecido cronista de su ciudad natal, Pérez García, Manuel fue artista de variada producción y fuerte personalidad, rico en matices, de una maestría exquisita, magnífico dibujante y seguidor de los cánones académicos, dominó por igual el óleo y la acuarela y se distinguió tanto por sus retratos y escenas bretonas como por sus paisajes.


Si bien comenzó su trayectoria artística en La Palma, su formación verdadera la realizaría en la Academia Provincial de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife en 1868. En la capital provincial, como ocurriese en su tierra natal, pronto fue reconocido como artista especial y logró gran prestigio. Se matriculó en todas las disciplinas que se impartían a dicha academia: dibujo lineal, figura, adorno, aritmética y geometría básica para dibujantes, aplicación a las artes, fabricación, modelado y vaciado. Fue un alumno aventajado y sus maestros alaban su buen quehacer. Después de 1869, con la libertad de enseñanza, la institución de Bellas Artes comienza su declive debido al escaso patrocinio municipal. Esta circunstancia, unida a otras, hizo que el polifacético palmero se decidiera por lanzarse a la aventura de Europa.



Palmero recalcitrante y agradecido, González Méndez no dejó nunca de hablar en plural cuando se refirió a Canarias y, en cierta ocasión, le dijo a Estévanez que en sus ‘dos patrias chicas siempre florecían los almendros’.





Con veintisiete años y ya en Madrid, se relaciona con políticos liberales, artistas consumados, maestros, ingenieros, críticos, etc. Se deleitaba en El Prado, magnífico museo que visitó por primera vez en 1870. En todos los museos a los que iba se preocupaba del tratamiento de la luz y aprendía observando con detalle todas las obras de los grandes maestros. Los amplios salones cuajados de tesoros pictóricos eran recorridos una y otra vez por Méndez y su gran amigo Maffiotte.



Es el caso que mi amigo Méndez, artista de corazón, encerrado en las peladas rocas afortunadas, sin más protección que su trabajo y su perseverancia, sentía la imperiosa necesidad de tomar aire fuera de los patrios lares, donde los medios de estudio para un arte tan serio son nulos de todo punto; y aferrado en esta idea, con la tenacidad que le es característica, trabajó sin descanso para allegar algunos recursos con los que, atravesando el Atlántico proceloso, vino a dar en este otro océano sin fondo y sin orillas que se llama París.


Sentía gran tristeza porque en España no había conseguido la oportunidad que ansiaba. Por ello había viajado a Francia, país que le da de comer, techo, escuela, trabajo y fama. Sus comienzos en París habían sido muy difíciles. Antes de que llegase el momento de consagración como artista, para subsistir tuvo incluso que pintar abanicos. Pintó también tarjetas postales, álbumes, bocetos… Esculpió figuras en mármol y madera, aderezó muebles, etc. La guerra de Prusia con Francia hizo que la situación económica se volviese desesperada. Pasó verdaderas calamidades y sintió hambre e inseguridad.


Asistió a la Escuela de Artes Decorativas donde fue galardonado por una de sus obras en 1872. Se trataba de un bajorrelieve con figuras de guerreros y odaliscas orientales.Tres años más tarde sus primeros y alabados cuadros serían expuestos en la capital francesa, coincidiendo con la Exposición Universal. Gracias a su primer maestro Amado Millet conoció el arte parisino y lo relacionó con sus valiosos contactos.


El crítico Juan Maffiote había dicho que, en cuanto a su escultura, las mejores disposiciones de Méndez son sin duda para este arte y lo prueba el que gracias a su consejo, aparecerá en uno de los mejores monumentos del mundo, una composición escultural distinta de la que había concebido el artista encargado de ejecutarla, e indiscutiblemente más bella y apropiada. Se refería a la gigantesca estatua de Vereingtowix, realizada por Millet -maestro de Méndez- en 1865.


Tras su paso por esa prestigiosa entidad, continuó en la Escuela de Bellas Artes donde el maestro Juan León Jérôme (aparece escrito también Gérome) le ayudaría a perfeccionar la técnica pictórica. Este prestigioso artista, muerto en 1904, lo había puesto en contacto con el gran maestro Delaroche y lo había convencido para que se inscribiera en la Academia. Poco a poco su economía va mejorando y, gracias a los encargos, puede montar un amplio estudio. Con sus ahorros logra volver a Canarias en 1874. En su tierra estudia los paisajes y hace esbozos de los diversos tipos y personajes, como el pobre pescador de Güímar, conocido como Juan Chichí. En La Palma acude a fiestas y saraos. Quiere recuperar el tiempo perdido fuera del terruño amado. De esta etapa es el magnífico cuadro La Romería de Santa Lucía, su cuadro más representativo del costumbrismo canario. En la actualidad está colgado en el salón noble de las Casas Consistoriales de Santa Cruz de La Palma.





De regreso a Francia, fue premiado en la Exposiciones Universal de París de 1875 (así como también en las de 1889 y 1900). Entre finales de 1875 y principios del siguiente, recorre España desde Madrid a Andalucía, pasando por Toledo. En la Península toma nota en sus omnipresentes cuadernos acerca de todo lo que ve y le gusta, como rasgos de personas, su anatomía, detalles de arquitectura, paisajes, etc.


Vuelve a Francia y en 1878 logra ser admitido como expositor oficial en el célebre Salón de París. Su prestigio va en aumento. Su obra titulada Pescador de Güímar -cuyo modelo era su amigo Juan Chichí- fue incluida -pese a su condición de extranjero- en el catálogo del Salón de Pintores Franceses. Éste fue el espaldarazo definitivo. La crítica se vuelca en elogios y el palmero siente que ha sonado su hora.


En 1880, el mismo salón es un expositor de gala para su retrato de Juan Real. El año siguiente, tras su regreso de Canarias, expone en la misma sala otra de sus obras, Retrato de Señorita. El crítico más exigente de la época, Charles Dignet, elogia al palmero: este retrato encantador me ha chocado por la tonalidad general y armónica. Las carnes son transparentes y su color es verdadero…



En 1881, el periódico nacional El Globo -reproducido más tarde en la Revista de Canarias- publicaba sobre la exposición de Méndez en el Salón de aquel año lo siguiente: Entre los pocos cuadros de pintores españoles que este año han escapado a la censura, un tanto parcial del jurado francés, figura nuestro compatriota el pintor Manuel González Méndez.


Tras una larga estancia en la Península de unos cinco años (entre 1883 y 1888 aproximadamente), regresa a París. Durante su visita española se nutre de muchos modelos de tipos humanos y arquitectónicos. Se cree que el desencanto que sufrió por no ver galardonado su trabajo en su propio país, fue lo que motivó su retorno a Francia. Sus biógrafos lo recuerdan como una persona obstinada y de duro carácter. Su incapacidad de mendigar la presencia en las exposiciones y su exclusión injusta de los catálogos le afirma en la decisión de no presentarse jamás a un certamen.


Hubo muchos rumores en torno a los amoríos del maestro con algunas doncellas y modelos. Se habló de Charlotte Gérome, hija de su maestro; o con una misteriosa muchacha francesa con la que se había carteado. ¿Tal vez se tratara de la misma persona? Se dice que ésta pudiera ser aquella viuda que, tras la Primera Guerra Mundial, visitó Tenerife tratando de encontrar inútilmente la tumba de González Méndez, su verdadero amor prohibido.




Sus constantes y cortos viajes entre Francia y España fueron motivados, en gran medida, por la búsqueda de mejor clima debido a la precariedad de su salud. Era persistente su idea de asentarse en Tenerife, donde quería instalar su casa y su estudio. Sin embargo, no quería desechar su taller parisino. Su economía no era boyante y no podía afrontar con éxito tal aventura. Sí continuó visitando Madrid y Barcelona, donde se relacionó con numerosos artistas, sobre todo pintores españoles, algunos de los cuales ya conocían la obra del maestro palmero en París. Méndez trabaja como agente de ventas en manufacturas isleñas, con productos como mantillas, bordados, calados, estambre y algodón. Una época en la que intimaría con su amigo, el orotavense Felipe Machado. En Güímar logra un merecido descanso, donde su hermano Santiago era el administrador del notable patrimonio familiar de su esposa.



Uno de sus cuadros más destacados fue El consejo del viejo profesor (1882), un óleo sobre lienzo (66 x 50,8 cms) vendido en subasta en la prestigiosa casa Sotheby’s de Nueva York el 25 de abril de 2006. Esta magnífica obra fue incluida en el Album de chefs d’oeuvres de l’école moderne, una selecta publicación especializada en obras maestras de la escuela moderna donde sólo aparecían las más prestigiosas piezas de arte avaladas por la crítica. Otras obras premiadas fueron Un Vieux charron (en la Exposición de 1889), Enrique III (en la de 1900), y Un duel soux Louis XIII.


Tanto en París como en Santa Cruz de Tenerife, ciudades donde transcurrió su vida profesional, expuso sus delicadas obras con gran éxito de crítica y público.






Manuel González Méndez pasó gran parte de su vida en París; ensayó la pintura costumbrista de temas canarios, el retrato y la pintura decorativa, como el techo del salón de actos del ayuntamiento de Santa Cruz.



Ya en Tenerife, obtuvo el codiciado diploma de honor de la Real Sociedad Económica en 1893. En el salón de la actual sede del Parlamento de Canarias se puede admirar dos grandes óleos del maestro. También es autor de la bella decoración de la cubierta del salón noble de las casas consistoriales. En 1902 recibió el encargo de la decoración del Palacio de Justicia y la realización de La Verdad venciendo al Error. Al año siguiente, su admirada obra estuvo presente en la Exposición Económica de Tenerife y en Las Palmas. En 1906 entrega González Méndez los lienzos para el Palacio de la Diputación Provincial. Ese mismo año tuvo el encargo de la decoración de los arcos triunfales que se levantarían en Tenerife en honor del rey Alfonso XIII.



Hace y algunos años abandonó estas islas, su país natal, un modesto joven, cuyas excepcionales aficiones al arte pictórico tan sólo acaso eran conocidas de las pocas personas que, entre nosotros, las cultivan. Este joven era Manuel González Méndez. A París dirigió sus pasos y allí ha visto realizadas las aspiraciones de su alma de artista. El desconocido joven de ayer es el distinguido pintor de hoy. El trabajo y el talento han sido los medios de que se ha valido para conquistar un gran nombre en el gran mundo de la pintura.


Otra prueba del prestigio conseguido por el artista palmero fue el hecho de que su retrato, biografía y su obra fuesen incluidos en la revista gala La Revue du Bien dans la Vie et dans l’Art (la Revista del Bien en la Vida y en el Arte). Los hermanos Romilly habían incluido en aquella edición un juicio crítico del ya famoso maestro pintor. Estos dos literatos franceses, Paul y George Romilly, escribieron: El proverbio de que nadie es profeta en su tierra no tiene valor en España. Las Islas Canarias se enorgullecen hoy de tres de sus hijos igualmente y diversamente célebres: un político, León y Castillo; un novelista, Pérez Galdós, y un gran pintor, González Méndez. Como modesto intérprete, aunque inspirado compositor, un minuet y una Marche Antique fueron unas piezas muy celebradas, incluso por el crítico Miguel Maffiotte La Roche.


Numerosos elogios le tributaron diversos periódicos locales con motivo de su exposición en su tierra. Con mala salud y gran desilusión por algunos altibajos de su éxito en tierras peninsulares, sus paisanos quisieron alentar a su ilustre vecino.



Y hoy le tenemos entre nosotros; hoy se halla de vuelta en el país que arrulló sus sueños de niño. No llega a él como el valetudinario que aspira a recobrar su salud que ha perdido, ni como el desengañado que se refugia en la soledad para olvidar perfidias o desilusiones. antes al contrario, es por fortuna el artista lleno de vida y de salud, que viene a pedir a las Canarias la inspiración de su espléndido cielo y de su exuberante naturaleza, para mostrarla, trasladada al lienzo por su experto pincel, a los asombrados ojos de los que viven bajo el tibio sol y las espesas nieblas del Sena.






Tras sus estancias en Santa Cruz de La Palma y Güímar, regresa a París en 1888 donde expone en el Salón de los Pintores Franceses. Su obra Un vieux charron breton fue muy valorada por el público y por la crítica. Otra obra, Exvoto Bretagne, obtiene la mención de honor en 1889.


De Torres Edwards (1889-1943), reputado pintor y erudito local, había mencionado en una magistral conferencia a los pintores canarios que -según su parecer- eran los mejores de todos los tiempos: Alonso Vázquez, Cristóbal Hernández de Quintana, Juan de Miranda, Luis de la Cruz, Nicolás Alfaro, Valentín Sanz y a Manuel González Méndez. De este último dijo que ...supera a todos los anteriores y anuncia con su obra la floración de los actuales pintores canarios.


Le llueven las distinciones y los premios. En la Corte Española, S. M. la Reina Regente lo distingue como Caballero de la Orden de Isabel la Católica el 20 de mayo de 1889. En 1893 recibió el Diploma de honor en la Exposición de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. Fue una gran muestra en la que se dieron cita grandes maestros del arte y de la ciencia. Méndez se encontraba entre lo más granado de la pintura isleña.


En junio de 1896 Méndez también triunfaría en la exposición antológica que tuvo lugar en la exclusiva galería parisina de Georges Petit. Allí presenta ciento cuarenta obras, entre dibujos a lápiz, pasteles, óleos, tinta china…, lo mejor de su etapa bretona, los retratos más personales, algunos bodegones, floreros y paisajes, tomados en sus viajes a Canarias. Difícilmente muestra alguna en ese tiempo contó con tanto refrendo crítico. La prensa especializada y los más feroces críticos alaban la especial obra del gran maestro. No tardaría en conseguir la cotizada Legión de Honor en 1898 y la Medalla de Bronce en la Exposición Universal de París de 1900. Desde entonces ya empezó a ser conocido como uno de los mejores pintores de la época.



Regresa a Canarias en el recién inaugurado siglo XX. Trae en sus alforjas un importante caudal de gran pintura y la acreditación de expositor permanente en los salones franceses. Es una personalidad que, a veces se extrovierte y en otras, sobre todo cuando nota en su entorno celos artísticos o reticencias, se cierra en un círculo concreto: la familia y los buenos amigos.


En Canarias, obtiene plaza en la Escuela Municipal de Bellas Artes tinerfeña. Toma parte en tertulias especializadas donde cuenta sus aventuras y desventuras en el mundo del arte; anécdotas y su experiencia en París y en la Península; habla de un idioma nuevo: el esperanto; explica sus admiradas técnicas, etc.



Sí, lectores, que la estancia de González Méndez en Tenerife, ha sido para mí, entusiasta de todo lo que sea arte, un verdadero filón. ¡Gusta tanto encontrar con quien departir de lo que se lleva dentro, de esa segunda naturaleza, oscura como un oráculo, vaga como un sueño y brillante como una visión…






En Santa Cruz de Tenerife recibirá el más importante encargo de su vida: el pedido de realizar una gran pintura para el recién construido Palacio de Justicia. En marzo de 1902 se acepta unánimemente su proyecto pictórico titulado La Verdad venciendo al Error, que había presentado el artista en un boceto. Regresa a París para trabajar la tela en su taller. Vuelve con el lienzo en otoño tras un viaje por Italia. Ortega Abraham nos recuerda que el seis de noviembre de 1902, apenas habían pasado ocho meses, la Verdad venciendo al Error, enriquece la bandeja central del salón de sesiones. Cobró doce mil pesetas por el encargo. El ocho por ciento exacto del total del edificio, que llegó a las ciento cincuenta mil pesetas… Se trata de una alegoría sobre las ciencias, las virtudes teologales, el comercio, la industria, etc. de la que el consagrado artista palmero se sintió muy satisfecho. Méndez también diseñó los acabados de carpintería.


Su paso por Las Palmas en 1902 le deja un contrato para la realización de unas pinturas del salón noble del Gabinete Literario y expone allí con un gran éxito de público. Después viaja a Tenerife y de allí -en marzo de 1903- a Madrid, donde visita a su amigo Benito Pérez Galdós, a su querido Museo del Prado, etc. Ya en París, termina la obra Portrait de madame para su exposición en el Salón de Pintores Franceses.


Sus viajes entre Canarias y Francia se suceden a lo largo de los cuatro años que van entre 1904 y 1906. Méndez trabaja en los lienzos enormes del Palacio Provincial. Trabaja con gran acierto en el Gabinete Literario de Las Palmas hasta 1908.


Consigue plaza de profesor de vaciado y modelado en la Escuela Municipal de Artes y Oficios. Es curiosa la descripción del maestro que hacen algunos de sus alumnos. Borges Salas, por ejemplo, decía que Don Manuel tenía un bigote muy espeso, algo ceñudo el semblante… Padrón Acosta añadía: … parece mentira, pienso yo, que un pintor tan eximio de la figura humana, tuviera una cabeza tan antiartística. Pero así era Manuel González Méndez: cabeza cuadrada, bigotes de carabinero, ojos de susto, rostro sin luz amable…. pero ¡qué maravillas salían del pincel de este hombre casi incivil!


Gracias a los ingresos obtenidos por algunas ventas y por sus trabajos, pudo hacer realidad su sueño: construir una casa-estudio en el Paseo de los Coches de Santa Cruz de Tenerife, en la que lograría conseguir un ambiente, entre señorial y bohemio, como dijera el periodista Leoncio Rodríguez. En su luminoso taller, nuestro polifacético artista custodiaba sus mejores cuadros -que jamás quiso vender-, sus gubias y sus pinceles, sus paletas y sus esculturas, sus libros y bajorrelieves, sus recuerdos…



Maravilloso artista palmero, el pintor de más recia formación artística del siglo XIX y su labor fecunda es la que más variados aspectos presenta. Fino plasmador de la figura humana, la modela y dibuja con amor entrañable a través de toda su vida de artista fino y vigoroso a la par.




Regresa a Madrid y a Barcelona. Viaja a Génova, Roma y París. No cesa de tomar anotaciones, referencias, bocetos, trazas, ideas… El frío reinante en el fin del otoño hace menguar su ya delicada salud. Tiene añoranza del clima de sus amadas Islas a las que jamás volvería a ver. Algo recuperado, decide volver a España en su último y terrible viaje. De Marsella a Barcelona llegaría con casi un día de retraso debido a que se durmió en primer tren y no hizo el cambio de máquina, con lo que despertó justo a tiempo para que no fuera a parar muy lejos. De Narbona tuvo que coger el llamado tren de las gallinas debido a lo despacio e incómodo que era.


Escribiría dos días antes de su muerte: Me acordaré todo lo que me quede de vida de tan horrible viaje. Olvidaba decir que yo venía medio acatarrado y al día siguiente no podía materialmente moverme, con fiebre bastante alta y dolores tremendos de huesos, guardando cama hasta medio día.


Ya en Barcelona, su estado se agrava y no podrá ya levantarse de la cama. Solo, pobre y enfermo, el más grande de los plásticos canarios del siglo XIX moría en una humilde pensión de la ciudad catalana. Era el 9 de septiembre de 1909 y tenía sesenta y seis años. Ortega Abraham escribió que en la soledad de las últimas horas, nadie salvó su cuerpo de la fosa de beneficencia ni su memoria del olvido.



Las cenizas irrecuperables estarán para siempre en la Ciudad Condal. Un destino impensado para un hombre que, glorificado en su oficio por cuantos le conocieron, llevó más allá de su país el nombre de Canarias y más allá de la muerte su memoria.




En los últimos tiempos ha habido algún que otro recuerdo al maestro por parte de algunas instituciones. Por ejemplo, en 1970, la Agrupación de Acuarelistas Canarios organizó una exposición en el Círculo de Bellas Artes en su honor. En el mismo año, dentro del variado programa de la Bajada de la Virgen de Las Nieves, el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma incluyó una muestra colectiva en la que la obra de Méndez fue unánimemente elogiada. Otra exposición antológica del maestro tuvo lugar en 1979 organizado por la misma entidad capitalina. En 1984 el propio Ayuntamiento, en reconocimiento a su magistral trayectoria artística, perpetuó su memoria poniéndole su nombre a una de sus calles. También la Caja General de Ahorros de la provincia tinerfeña inauguró una exposición antológica de Arte y Cultura de La Laguna en el que hubo muchos elogios sobre el ilustre pintor y su obra.


Con Manuel González Méndez, nuestro desmemoriado país tiene una deuda insaldada. Un artista de tan amplios registros, de tan profunda sensibilidad no goza de la más leve referencia en las historias del arte español del siglo XIX. En cierta medida, es la reiteración de un centralismo político que no reconoció nunca los valores de los pueblos alejados del eje del poder y su influencia. En pocos creadores mediterráneos concurren los méritos objetivos que derrocha Méndez…
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Fotografias trucadas por la URSS



Fotografía original de 1917, en el cartel del edificio se puede leer “Relojes, oro y plata”.



Fotografía trucada, ahora se lee “Lucha por tus derechos” en el mismo cartel. Además, en la bandera de la fotografía original ahora se puede leer “Abajo la monarquía, viva la República”.






Fotografía original, Trotsky y Lenin celebran el segundo aniversario de la Revolución Rusa, 1919.




Fotografía trucada, tras la caída en desgracia de Trotsky, se elimina su figura.

Lev Trotski, a pesar de su gran importancia para la revolución de 1917, “cayó en desgracia” entre los años 1925 y 1929.

“Caer en desgracia” era estar con la parte perdedora en una disputa interna dentro del Partido Comunista.



Fotografía original: En 1920, frente al Bolshoi de Moscú, Lenin arenga a los soldados que van a combatir contra Polonia. Trotsky está a su lado.


Fotografía trucada :Tras la caída en desgracia de Trotsky, su figura se eliminaría de las fotografías.
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pelicula los miserables







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La muerte de León Trotsky



Stalin había dado orden de asesinar a Trotsky y, Jotov, encargado de las operaciones contra éste en México, se valió de dos comunistas catalanes, Caridad y Ramón Mercader (madre e hijo), para llevar a cabo el plan. Asimismo, ayudaron dos mexicanos de izquierda, Vicente Lombardo Toledano y David Alfaro Siqueiros.

Aunque el palacete en el que vivía estaba fuertemente custodiado, Ramón Mercader (conocido con el alias de Jaques Mornard) lograría infiltrarse en su círculo ganándose la confianza de una de las secretarias de Trotsky, Silvia Ageloff, con la que incluso mantuvo un noviazgo formal premeditado y planeado para perpretar el magnicidio. Con el pretexto de que leyera un escrito suyo se acercó a Trotsky y mientras este leía le clavó salvajemente un piolet en la cabeza. El grito de Trotsky se escuchó en toda la casa, acudiendo rápidamente sus custodios pero no se pudo hacer nada.

León Trotsky moriría un día más tarde en un hospital de la Cruz Verde. Cabe señalar que a sus exequias, asistieron cerca de trescientas mil personas, en una ciudad que por aquel entonces apenas contaba con unos cuatro millones de habitantes.






Documental de la muerte de Trotsky.




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