Visita del rey Alfonso XIII a las Hurdes





La visita Real de S.M. el Rey Don Alfonso XIII a la zona de las Hurdes, en el año 1922, marca uno de los acontecimientos notables de la villa de Granada, ya rozando los últimos años de su existencia.

Unos años antes de esta fecha, Su Majestad el rey D. Alfonso prometió en Salamanca, y ante una comisión de La Esperanza de Las Urdes, visitar esta antaño pobre región.

Posteriormente, y unos meses antes de dicha visita, el monarca quedó hondamente impresionado con la lectura de la Memoria publicada por los doctores Marañón, Goyanes y Hoyos sobre el problema sanitario de Las Urdes. Así pues, decidió bajar hasta las humildes cuevas hurdanas para ver de llevar consuelo y remedios a las miserias de estos sus pobres súbditos.

Salió la regia comitiva del Palacio de Oriente para las Urdes, por la Puerta de Aravaca, el dia 22 de junio de 1922 a las ocho de la mañana. La formaban los siguientes autos, en este orden de marcha: Uno, con la escolta de la Guardia Civil. Otro con el Rey, el Ministro de la Gobernación Martínez Anido y el Secretario de Su Majestad, señor Duque de Miranda. Otro, con el ayudante del Rey, señor Obregón y con el doctor Varela. Otro, con el doctor Marañón y los representantes de la prensa madrileña, señores Mora y Campúa, hijo. Y otro con la servidumbre de Palacio.

Por Ávila pasaron a las diez de la mañana, y por el empalme de la carretera de Piedrahíta, en Sorihuela, a las once. Poco después, al coronar el auto del Rey la cima del Puerto de Vallejera, quedaba el Soberano agradablemente sorprendido ante la belleza del paisaje de las serranías de Béjar. Y de ella no cesó de hacer elogios en todo el trayecto hasta la Fuente de La Tejera, en el término de Hervás, donde Su Majestad hizo alto para almorzar en pleno campo.

Terminado el almuerzo, el Rey conversó con un mozo de Hervás, Matías Jorro, cabo de Húsares de la Princesa y licenciado por heridas en la guerra de África. Don Alfonso recordó haber visto a Matías en el hospital de Sevilla. Le dio un cigarrillo y le ofreció influir para que en su dia entrara en el Cuerpo de Carabineros como deseaba. El vecindario de Hervás aclamó al Monarca al reanudar la marcha.

Y al pasar por Aldeanueva, el pueblo en masa también ovacionó en toda la calle de la carretera, que estaba adornada con arcos y colgaduras. Frente a Oliva y Villar de Plasencia pararon los autos a las dos de la tarde y se organizó la comitiva a caballo para la Zarza, Granadilla y El Casar. ¡El calor entonces era terrible!.
Se agregaron en este punto al séquito real el señor Conde de la Romilla, diputado a Cortes por el distrito, su administrador señor Rodríguez, el diputado provincial señor Monforte, el ingeniero jefe de Montes de la provincia señor Pérez Argemí, el teniente coronel, el capitán de la guardia civil y la escolta de caballería de este benemérito cuerpo.

Y a pesar de lo duro de la jornada, el Rey la hizo marchando siempre sonriente un par de cuerpos de caballo delante de su acompañamiento, en mangas de camisa, como el turista más avezado a recorrer aquellos campos. ¡Y era de ver la admiración y el entusiasmo que esta llaneza y resistencia física del Soberano despertaban en las gentes de los pueblos!.



A Granadilla, 22 kilómetros de cabalgata, llegó la comitiva a las tres y media. En la Puerta de la Villa esperaba al rey todo el vecindario con el ayuntamiento a la cabeza aclamándolo el cuanto lo divisó. Al llegar a las puertas, el alcalde le dio la bienvenida y le presentó al hijo mayor del poeta Gabriel y Galán, al que el Monarca había pagado los estudios de Derecho en el Colegio de El Escorial.

Don Alfonso recordó que había conocido a nuestro malogrado poeta en el año 1904 en Salamanca, y habló de sus obras con el elogio debido a aquel gran maestro de la poesía contemporánea castellana.

Pidió Don Alfonso un vaso de agua, sirviéndoselo del ventorro inmediato, encendiendo a continuación un cigarrillo y acercándose con su caballo al castillo y Puerta de la Villa. Contempló y elogió la belleza de estos históricos monumentos militares y recomendó al ayuntamiento los conservara por el valor artístico y de turismo que hoy tienen.

Y después de este corto descanso, el rey, seguido de su séquito, echó camino adelante por la barranca del río hacia el puente del Alagón.

A las cinco y cuarto llegaba el Rey al Casar de Palomero, después de dos pequeños altos en Pesga y Mohedas, donde el vecindario le aclamó entusiásticamente
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